EL NACIONAL (C-3) / 27 DE NOVIEMBRE DE 2000

Modificar los hábitos alimentarios para una mejor calidad de vida (Parte 1)

Las modificaciones del estilo de vida, son parte obligada del tratamiento integral de todo paciente portador, bien de enfermedad o de algún factor de riesgo cardiovascular (hipertensión arterial, obesidad, diabetes, ser fumador o mujer menopáusica) y algunas de ellas -si no la mayoría- deben ser de aplicación obligada en gran parte de la población como estrategia global para reducir el riesgo de la aterosclerosis, principal sustrato de las enfermedades cardiovasculares.
Tales modificaciones en el estilo de vida han sido motivo de importantes investigaciones y su eficacia ha sido demostrada sin lugar a dudas. Igualmente, la modificación negativa de estilos de vida saludable, especialmente la alimentación, ha contribuido a incrementar el riesgo de tales afecciones en algunos países.
En términos generales, la globalización de la producción de alimentos, junto al mercadeo de los mismos, contribuyen notablemente al incremento en el consumo de productos con alto contenido de grasas, calorías, así como pobres en fibras y diversos micronutrientes.

Estrategias Nutricionales
Los efectos positivos de la dieta han recibido un gran impulso en la medida que se han conocido las investigaciones en distintos países del mundo -especialmente en los países del Mediterráneo-, quizás porque asociado a un elevado consumo de grasas no saturadas, es probable que ciertos nutrientes presentes en la alimentación habitual (aceite de oliva, pescados, vegetales, frutas y vino tinto) tengan efectos protectores específicos.
Lo anteriormente expuesto puede conjugarse en la búsqueda de un modelo similar, en nuestro país, a la dieta del Mediterráneo, donde ciertos compuestos, como el aceite de oliva, puedan ser reemplazados (dado su alto costo) por otros aceites comestibles de propiedades similares (como el aceite de maíz, soya, girasol, ajonjolí o maní), asociado a un mayor consumo de pescado, con el debido incremento en la ingesta de vegetales y frutas. Sobre las proporciones de los carbohidratos (especialmente harinas) en la dieta diaria, hay que ser cuidadoso ya que pueden conducir a incrementos sustanciales de los triglicéridos y colesterol con disminución de las lipoproteínas protectoras (también llamadas "colesterol bueno" o por sus siglas en inglés: HDL).
La composición de la dieta diaria contribuye a un mejor estado de salud y, para ello, basta cumplir con las siguientes recomendaciones generales, las cuales pueden ser ampliadas por su médico: Entre los productos lácteos y sus derivados (quesos, mantequillas y cremas) se recomiendan los descremados. Las salsas y cremas para la pasta o ensaladas pueden ser ricas en grasas saturadas, por lo cual se aconsejan aquellas más sencillas, de menor contenido graso. Los productos de pastelería, como cachitos, rollos, etc. deben restringirse. De las aves de corral, hay que preferir el pollo y el pavo sin piel, mientras que en los cortes de carne vacuna, ternera, cordero o puerco deben escogerse los magros. Es importante restringir el consumo de vísceras, como hígado, así como los embutidos. En cuanto a los alimentos marinos, son preferibles el pescado y los moluscos (ostras, mejillones, almejas, etc.), sin que su calidad sea alterada por preparaciones o acompañantes ricos en grasas saturadas.
La dieta diaria debe contener proporciones significativas de vegetales (especialmente los de hoja verde), granos, frutas y fibra. Es importante insistir que el arte culinario en la preparación de los platos puede tener la desventura de transformar un alimento sano y de bajas calorías y contenido graso, en uno que en nada se parezca al componente original con la pérdida de los beneficios, y en el peor de los casos, añadiendo productos de alto contenido en grasas saturadas. Ya que los procesos de conservación implican el uso de compuestos ricos en sodio, su consumo debe estar restringido en los pacientes hipertensos.

Los ácidos grasos
Estos ácidos son marcadores de las distintas grasas (simples y complejas) presentes en los seres vivos y, la mayoría de ellos, son necesarios para cumplir con ciertos procesos elementales del organismo. Se distinguen en dos grandes grupos: los saturados y los no saturados; éstos a su vez, pueden ser monoinsaturados (MIS), o poliinsaturados (PIS). Los saturados provienen, principalmente, del reino animal, aunque también se encuentran en elevadas proporciones en los aceites derivados de la palma y del coco. Estas grasas saturadas tienen un elevado poder aterogénico y representan la principal causa de elevación del colesterol total y de la fracción LDL (también conocida como "colesterol malo"). Los aceites de coco y palma, forman parte de la manteca vegetal y con frecuencia son empleados para la preparación de algunos alimentos procesados, como las delicias encontradas en las pastelerías (especialmente las galletas dulces).
Por el contrario, los no saturados provienen, casi exclusivamente, de los vegetales y alimentos marinos y, una mayor proporción de ellos en la alimentación habitual, contribuye notablemente al descenso de los lípidos sanguíneos. En el ser humano -por la carencia de sistemas enzimáticos específicos- no se puede llevar a cabo la síntesis de los ácidos grasos poliinsaturados. Esta labor, en cambio, es cumplida a la perfección por las plantas y por las algas marinas. A lo largo de la cadena alimenticia: alga marina-fitoplancton-peces, estos compuestos llegan al ser humano. Los ácidos grasos MIS se encuentran principalmente en aceites vegetales (en proporciones variables -de mayor a menor- en: aceite de oliva, maní, maíz, ajonjolí, soya, girasol y algodón). Los ácidos grasos PIS cumplen funciones elementales para la vida que sería muy largo enumerar, y que limitadas al espectro de la aterogenicidad, influyen en distintos aspectos de la trombosis. Tienen impacto favorable en el metabolismo lipídico específicamente sobre triglicéridos. Dentro de este grupo se definen dos subgrupos: los omega 6 y los omega 3 (estos últimos comprenden los más importantes: el EPA y el DHA).

La fibra como coadyuvante
La fibra ha sido definida como la porción del material vegetal que es resistente a la degradación por las enzimas digestivas y, específicamente, comprende los diversos componentes de la pared celular de los vegetales.
Pueden ser no solubles o solubles en agua. Las primeras aceleran el tránsito intestinal, aumentan el volumen de la materia fecal, retardan la absorción de la glucosa y la degradación de los almidones, y por ello contribuyen a reducir el riesgo de algunas afecciones del colon, especialmente cáncer. Las fibras solubles, por su capacidad de retener agua, prolongan el tiempo del tránsito gastrointestinal, retardan el vaciamiento gástrico y la absorción de glucosa.
Aunque los alimentos contienen ambos tipos de fibras en proporciones variables, la fibra insoluble se encuentra principalmente en los granos enteros y sus derivados (como el salvado de trigo, cereales y pan integral) y en algunas verduras. Mientras que las solubles abundan en las frutas, avena, cebada y leguminosas. La dieta diaria debe contener cantidades apreciables de ambos tipos de fibras (entre 20 y 40 gramos al día para el adulto y más de 5 gramos para el niño y el adolescente) para obtener tales beneficios.
En cuanto al beneficio sobre los lípidos sanguíneos se ha comprobado que un régimen adecuado en fibras induce directamente a la reducción de los niveles de colesterol e, indirectamente, porque condiciona a mejores hábitos nutricionales y estilo de vida.

Carbohidratos complejos y refinados
De gran valor nutricional es la restricción de los azúcares refinados, abundantes en gaseosas o como integrantes de dulces, tortas y otras delicias de la repostería. Las calorías suministradas por los hidratos de carbono deben provenir, preferiblemente, de un mayor consumo de vegetales, frutas y granos. Es importante conocer que los alimentos ricos en carbohidratos complejos, usualmente, son bajos en calorías y contienen una rica variedad de vitaminas y minerales, aparte del hecho de que, por su lenta degradación y absorción, producen niveles más bajos de hiperglicemia post-prandial, con la consiguiente reducción en la secreción de insulina. Por otro lado, también contribuyen con una proporción importante de fibra soluble e insoluble. Lo anterior destaca la importancia de la participación de los carbohidratos complejos en la dieta diaria y de la restricción del azúcar refinada, reemplazándola por edulcorantes o por azúcares menos refinados como el azúcar morena o el papelón.

Los antioxidantes
Este aspecto nutricional es muy controversial. Por distintas investigaciones se conoce que las dietas ricas en vegetales y frutas, gracias a los innumerables elementos bioactivos en su composición, son mucho más saludables. Entre muchas razones, los antioxidantes son en buena parte responsables de tales beneficios. Sin embargo, hasta el momento, no hay ninguna comprobación científica consistente de que los suplementos de antioxidantes posean un efecto similar al ya mencionado. No obstante, se debe insistir en el grupo familiar a una mayor ingestión de vegetales (especialmente verdes) y frutas, para garantizar las necesidades diarias de vitaminas (algunas de ellas antioxidantes), minerales y otros micronutrientes esenciales.

Dr. J. Ildefonzo Arocha R.,
Médico Cardiólogo

 

 

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